José Gil

El miedo

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Lo que viene por ahí nadie lo sabe. Adivinamos y tememos que sea devastador en número de muertes, en sufrimiento y en destrucción. Pero como no tenemos una idea clara de lo que podrá ser una catástrofe así, la ignorancia y la confusión amplifican nuestro miedo. Será un desastre planetario y regional, colectivo e individual, ya presente y aún futuro, conocido y familiar, pero siempre lejano y extranjero, destinado a los otros pero cada vez más cercano. No es el simple miedo a la muerte, es la angustia de la muerte absurda, imprevista, brutal y sin razón, violenta e injusta. Revienta el sentido y quiebra el nexo del mundo.

 

Las fuerzas que provocan la pandemia pertenecen a un orden de causas extrañas al orden de lo humano. Y, no obstante, lo ponen radicalmente en cuestión. Constatamos ahora que la sociedad, las instituciones y las leyes que creamos para protegernos, y que nos asegurarían una vida justa, fallaron rotundamente. No construimos una vida viable para la especie humana. La extraordinaria ineficiencia de los servicios de salud de tantos países, la falta de coordinación y solidaridad de los estados-miembros de la Unión Europea cuando se trató de ayudar a Italia, la criminal y frívola arrogancia de Trump en el caso de las pruebas, la incapacidad de todos los gobiernos de ejecutar una política sanitaria eficaz sin utilizar medios más o menos autoritarios, toda esa des-orientación que dejó proliferar el virus muestra con mucha claridad que algo profundamente errado infectó, desde el comienzo, la historia de los hombres. Enmanuel Macron acaba de descubrir que “la salud no es una mercancía” que tiene un precio. El corona-virus pone en peligro a cualquiera, independientemente de su riqueza o estatus, tornándonos a todos iguales — no solo ante la muerte, sino ante el derecho a la vida, a la salud y a la justicia.

 

No se trata, como ya oímos decir, de poner en cuestión nuestra civilización, sino sus formaciones de poder, y con ellas, el desarrollo de lazos sociales cada vez menos aceptables.

 

Esta terrible experiencia que estamos viviendo constituye apenas una anticipación y un aviso de lo que nos espera con las alteraciones climáticas.

 

¿Qué hacer? De los órganos políticos responsables nos llegan órdenes y requerimientos contradictorios. Por un lado, nos dicen que la lucha contra la epidemia sólo tendrá éxito si juntamos todos nuestros esfuerzos individuales, si actuamos solidariamente con la conciencia de la pertenencia común a la comunidad. Por otro lado, somos incitados a aislarnos, a quedar-nos en casa, a mantener el distanciamiento social requerido, a no besar, ni abrazar, y a no tocar. Cance-lados los eventos en los espacios de diversión, cerradas las fronteras. ¿Se reduce, entonces, nuestra contribución a obedecer pasivamente al auto-aislamiento antisocial?

 

Está surgiendo, espontáneamente, una solución “tradicional” de compromiso: la comunidad se reencontraría en la acción del gobierno de un líder firme. Guiseppe Conte, primer ministro italiano, hasta ese momento sin gran popularidad, tiene hoy el apoyo de la gran mayoría del pueblo. Tomó medidas drásticas, mostró certezas, calmó la ansiedad y el pánico de la población. Sin duda que idéntica adhesión popular recibió Antonio Costa en Portugal, por las mismas razones y con la misma empatía. La energía del miedo es absorbida por el líder y transformada en adhesión. Cualquiera que sea su eficacia, no puede ésta ser la única y exclusiva “solución”. ¿Qué podemos y debemos hacer, nosotros que nos encerramos en casa, y que no queremos que el auto-aislamiento sea apenas una defensa egoísta de la familia, en una actitud que refuerza, al final, un corte con la comunidad?

 

Es preciso, primero, combatir el miedo a la muerte. Para ello, dos requisitos esenciales: el rechazo a la pasividad y el conocimiento del “enemigo”.

 

Cuanto más activos, más aptos, más fuertes para alejar el miedo. Si bien el miedo despierta a la lucidez, y en este sentido pueda ser benéfico, sabemos que él encoge el espacio, suspende el tiempo, paraliza el cuerpo, limitando el universo a una burbuja minúscula que nos aprisiona y nos confunde.

 

Comunicar con los otros y con la comunidad es romper esa burbuja, alargar los límites del espacio y del tiempo, tomar consciencia de que nuestro mundo se extiende mucho más allá de lo cuartos a los que estamos confinados. Fue ciertamente lo que sintieron e hicieron los napolitanos que se pusieron a cantar en la noche, de balcón en balcón, exorcizando el miedo y creando un nuevo espacio público común. 

 

Se trata de combatir este miedo a la muerte, que no es el miedo, digamos, habitual de morir, sino una especie de terror mínimo, subterráneo y permanente, que da cuenta de la vida. No es la aprehensión de un mal final, sino como si la muerte, como algo contrario de la vida, en cuanto letargo absoluto, rigidez definitiva, parálisis y abismo, viniese a ocupar el terreno de nuestro tiempo cotidiano. Es contra la tendencia a que seamos capturados por un tal sentimiento de miedo que es necesario luchar precisamente, manteniéndonos activos y preocupados por los otros y por la vida social de la cual hacemos parte.

 

Este miedo es, sobre todo, el miedo a los otros. El contagio viene inopinadamente, violentamente y al azar. Cualquiera, extranjero o familiar, puede infectarnos. El azar y el contacto pasan a ser peligro y ocasión de una muerte posible, y todo encuentro, puede volverse un mal encuentro. En este sentido, el otro es el mal radical. La relación con los otros y la comunidad sufre un abatimiento profundo. El lazo social, que, más que en la envidia y en el amor-a-sí, se enraíza en el “amor” al otro (como afecto gregario de la especie), se encuentra comprometido, amenazado de romperse. El otro es el enemigo, que quiere mi muerte: del miedo por un ataque mortal al pánico paranoico hay apenas un paso. La epidemia del nuevo coronavirus hace emerger también, a la luz de la conciencia social, lo peor de nuestras pulsiones más sedimentadas. Pero también lo mejor: aquel afecto, presente desde siempre en ciertas profesiones, como la de los médicos y enfermeros, se hace ahora plenamente visible a los ojos del ciudadano planetario. 

 

Un fenómeno inédito está por surgir: la pandemia transforma la percepción que se tenía de la globalización. Sabíamos que ella existía, conocíamos sus efectos (financieros, climáticos, turísticos), pero sólo pocos tenían de ella una experiencia vivida. Gracias al coronavirus, y por las peores razones, el hombre común tiene ahora, a lo largo de su tiempo cotidiano, la experiencia de la globalización. Dejó de ser abstracta y se transformó en una globalización existencial. Vivimos todos, simultáneamente, el mismo tiempo del mundo. 

 

¿Cuál es el futuro de esta transformación? Se pueden adivinar ya ciertos efectos. La conciencia planetaria del peligro de muerte trae consigo cierta percepción, inmediata y concreta, de la humanidad como comunidad viva y desnuda. Más allá de lo que separa a los hombres, está aquello que los hace simplemente humanos: la vida, la muerte, el poderoso derecho de existir, sin condiciones ni prerrogativas. Lo que implica un igualitarismo primario y primero, entre los individuos y los pueblos. Las peripecias de los proteccionismos xenófobos y racistas de Bolsonaro y de Trump, en tiempos de crisis pandémica, parecen patéticas cuando son confrontadas con este espíritu mundial que se está formando.

 

Por otro lado, la información transmitida por las redes sociales, la dependencia relativa de cada ciudadano de un país con los ciudadanos de otros países, la exigencia preeminente de coordinación de las políticas de salud (y no solo) de diferentes naciones, el trabajo en red de los científicos por todo el mundo, todo esto está conduciendo a la creación progresiva de poderes transnacionales. Todas esas son buenas señales que se trazan en el horizonte. Creemos que tal evolución de las conciencias solo podrá beneficiar la lucha decisiva que vendrá en breve contra las alteraciones climáticas.

 

Pero las buenas señales no llegan para tranquilizarnos. Más aún cuando el miedo que nos invade no deja de acumularse. En el momento en que escribo esto, llueven de todos lados, de Europa, de América, de Medio Oriente y de Asia, las noticias más alarman-tes. La pandemia crece como un tsunami mundial, derrumba y mata en una avalancha incontrolable.

 

El miedo no es un ambiente, es una inundación. ¿Cómo resistir, cómo deshacer, o por lo menos atenuar, el miedo que nos paraliza? Con más conocimiento, sí, y más información, y más cooperación y racionalidad. Nos resta sobreponer al miedo, que nos expropia de nosotros, el miedo a ese miedo, el de ser menor que nosotros. Nos resta, si es posible, escoger, contra lo que nos hace temblar de aprehensión y nos instala en la inestabilidad y en el pánico, a las fuerzas de la vida que nos conectan (poderosamente, aún sin saberlo) a los otros y al mundo. 

 

 

 

Jose Gil, 15 de marzo de 2020.

 José Gil es un filósofo portugués, autor de varios libros

sobre poesía de Fernando Pessoa, sobre la cuestión del cuerpo,

de los monstruos y de la percepción.

Fue muy cercano a Gilles Deleuze.

 

N-1 edições © 2020

Traducción al español:

Óscar Guarín Martínez

SensoLab, micro-ediciones, 2020