Aristides Ramos

"El gran encierro": la pandemia y la imaginación política

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El año 2020 ya tiene nombre: el gran encierro. La rapidez del envolvimiento planetario por un virus nos puso a todos los que tenemos alguna incidencia pública en la tarea de imaginar el futuro cuando el gran encierro sea cosa del pasado. Y no podía ser de otra manera. Los modelos y planes económicos de los gobiernos cayeron súbitamente. Las libertades políticas se restringieron y la gran parte de la actividad económica se pausó.  ¿Es esto un acontecimiento que divide los tiempos? Es muy temprano para saberlo. Por ahora lo único cierto son las ideas que día a día son registradas en la prensa y en las redes sociales que nos enseñan ese abanico tan amplio y complejo de aspiraciones y miedos que se ponen en la esfera pública a la espera de consensos o a la espera de acciones colectivas que disipen temores y riesgos. 

Economistas, pedagogos, médicos epidemiólogos, ambientalistas e historiadores se han manifestado en este contexto que ha sido considerado de oportunidad para tramitar viejas y nuevas aspiraciones. Los economistas de las escuelas más clásicas han tenido un nuevo aire en este tiempo pandémico. La intervención del estado se impuso por la intervención eficaz de un virus. La libertad de mercados, los incentivos tributarios a la inversión y la flexibilización laboral por ahora tendrán que esperar un tiempo que les sea de nuevo propicio si pensamos que en la política económica el movimiento pendular ha marcado las decisiones monetarias y fiscales.  Es un gran avance que desde diversas orillas políticas los economistas vuelvan a hablar de pobreza y desigualdad, que en el caso de América Latina y en particular de Colombia es una condición sobresaliente. La desigualdad no apareció con la pandemia, pero se hizo más grande y notoria. Amplios grupos de población escaparon al gran encierro y desafiaron al gobierno nacional y local porque para ellos sobrevivir es estar en la calle y apartarse de ella es perecer. Las clases medias independientes por sus negocios o sus ejercicios profesionales nos mostraron que estaban en el filo de un precipicio que ante el más mínimo empujón podrían ser lanzados hacia el abismo de la pobreza, sin encontrar en la caída el ahorro que operaría como el anclaje que frenaría el descenso. Para las clases medias los ahorros se drenan hacia el pago de la educación. Las matrículas que pagan por la formación de sus hijos cubren la totalidad de los costos educativos que ante una crisis económica entran en aprietos tanto las familias como las instituciones que no cuentan con ingresos económicos diferentes a los que obtienen por las matriculas al menos en porcentajes significativos. Esto las hace muy vulnerables en épocas de crisis. Fortalecer las instituciones educativas y hacerlas menos vulnerables obliga a que pensemos desde ya en modelos financieros y presupuestales que ofrezca estabilidad a las comunidades educativas en su conjunto ante nuevos avatares económicos. Los profesores en esta coyuntura supimos responder haciendo uso de las plataformas digitales que sin duda son unas buenas herramientas que debemos seguir desarrollando, pero no debemos perder de vista la importancia del aula y del campus que permiten la interacción cálida, real y sincera. Otorgarle bondades adicionales a la educación virtual es convertirla en la fantasía de los profetas de la eficiencia que ya tienen en mente la idea de profesores estrellas transnacionales capaces de aprestigiar instituciones lejanas y sin mayores vínculos con ellas.

 

El mundo se convirtió en una unidad interdependiente a mediados del siglo XVI y ya es hora de que así lo entendamos no solamente en términos de mercados planetarios y de flujos ininterrumpidos de personas, bienes y servicios sino también como una unidad físico natural. Esto lo olvidamos con mucha frecuencia y tristemente son los virus, las bacterias y la alteración del clima los que nos recuerdan que el planeta es una unidad. Las claves nacionales y las afirmaciones nacionalistas en esta coyuntura se han convertido en el mayor peligro y obstáculo para pensar en acuerdos y políticas globales en temas sensibles y vitales para la especie humana que no podrá preservarse equilibrada e integralmente si no preserva al mismo tiempo las otras formas de vida. 

 

Aristides Ramos es profesor

del Departamento de Historia