Eduard Moreno Trujillo

El tiempo desgarrado:

cambios, cotidianidades y epidemias

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Vivimos un periodo abierto a la transformación. Un periodo de cambio guiado por el miedo a la muerte. Estamos atravesando una “crisis” que deviene de la sensación de un “futuro incierto”. Una crisis que nos exige repensar nuestras experiencias, y para eso debemos ver-nos en el espejo del tiempo. El contexto es bien conocido ya. Desde el primero de diciembre de 2019, en una región central de la enormidad de China apareció un nuevo virus que se expandió vertiginosamente por el mundo. Y como en una película de ciencia ficción, hoy las calles están solas, los “lideres” del planeta que no encuentran solución, tampoco se encuentran a sí mismos, los científicos son consultados como a los antiguos oráculos, los filósofos se han entregado al afán vertiginoso de pensar la sociedad en tiempos de pandemia y el sistema neoliberal se esta viniendo abajo. Frente a un fantasma invisible que carga la muerte, el mundo, armado hasta los dientes, se está resquebrajando como una jarrón de porcelana. Como es natural, en medio de la angustia que implica la avalancha de noticias, datos y reflexiones, la transformación acelerada del mundo está trastocando de manera directa la cotidianidad de toda la sociedad. Los espacios de la cotidianidad pública, de la convivencia y del aprendizaje se han cerrado abrupta-mente. Como es lógico, con el cambio de los espacios viene el desgarrador proceso de metamorfosis de las posiciones, de los roles, de los juegos de poder y del tiempo que nos mueve. En este texto — que es un poco ensayo y un poco de sociología espontánea —, quiero centrar la mirada en el tiempo y su progresiva mutación, o mejor, en la transformación de las maneras como nos relacionamos con él. Un tiempo que se fue llenando de intimidad y de ruptura. Un tiempo que se hace, silenciosamente, control, despojo y espera. Un tiempo cargado de miedo al futuro.  

 

En un intento de contestación a todas las reflexiones contemplativas que han llenado rápidamente los periódicos y las librerías virtual-es, quiero arrastrar metodológicamente esta re-flexión hasta los limites de “lo concreto”. Es la experiencia concreta que toca las rutinas lo que cruza esta reflexión. Así las cosas, lo concreto, en cuanto experiencia del cambio, es definido, siguiendo a Marx, como “[…] la síntesis de muchas determinaciones, es decir, unidad de lo diverso”. Unidad de lo diverso que se esconde en el desgarramiento de la cotidianidad que hoy millones de personas asumimos desde el silencio de nuestra intimidad, o podríamos decir, desde la extrañeza de nuestro hogar. 

 

 

Rompiendo el ritual 

 

Partiendo de la idea inicial de lo concreto, quiero representar un escenario de ruptura de lo cotidiano, jalonado por la emergencia y la angustia. Aquí entenderé lo cotidiano no como rutina, sino como un ejercicio de socialización propio del ser humano. En algún punto de su Crítica a la económica política, Marx afirmó que no podemos entender al individuo como una “robinsonada”, es decir como un ente que no necesita de la sociedad. Por el contrario, el hombre es un zoon politikon, no solo porque es un animal sociable, “sino también un animal que no puede aislarse sino dentro de la sociedad”. En este sentido, quiero remitir la idea de cotidianidad a la praxis entendida como “la capacidad creadora del ser humano” a partir de su relacionamiento con otros. La cotidianidad es el con-junto de relaciones que entablamos con otros, con el fin de reproducir nuestra vida. Así, al interior de la cotidianidad se encuentran nuestras relaciones sociales de producción, condicionadas por el sistema capitalista y su modelo neoliberal, pero también están nuestras relaciones de amistad, de amor, de odio, nuestras relaciones familiares. En ultimas, nuestras relaciones con el mundo tanto natural como social. Es esta cotidianidad la que se fragmentó con la pandemia, y al fragmentarse, el tiempo que las regulaba también se fue resquebrajando. 

 

La cotidianidad vista como praxis se rompe con el paso de la “peste”. Y aunque muchos sostienen que el virus no reconoce la clase social de los sujetos, el miedo que produce sí. Bogotá, como cualquier otra ciudad de América Latina, tiene una taza del 42% de empleo informal. Esto significa que la ruptura de la cotidianidad para gran parte de la población implica más que el simple repliegue hacia lo privado y el cuidado. Dicha ruptura involucra la imposibilidad real de acceder al alimento. Lo cotidiano, entonces, es la praxis de nuestro mundo empujada por la necesidad que llega en un tiempo que siempre es presente. Para la mayoría de la población el tiempo no se compone de pasado, presente y futuro. Su tiempo es el tiempo del ahora. La rutina empieza con el despuntar del alba. Los niños a la escuela y las madres a las calles para poder vender algo al son del clima. La migración es la rutina urbana, es salir de los barrios periféricos para insertarse en la endeble estructura del trabajo informal. Así, la cotidianidad como praxis son las relaciones sociales que se constituyen desde el primer momento del día. El trajín de la preparación del desayuno y el almuerzo, salir de casa. Tomar el autobús repleto y esperar que todo salga bien. Con la dignidad intacta se busca al cliente, se ofrecen dulces, cigarrillos, comida, minutos. Cuando se alcanza lo del diario, retornar a la casa. Pero en el transcurso del día el dinero solo se materializa en el contacto con otros, en el flujo constante de personas. En otras palabras, la producción de la vida es con otros que, aunque no reconocemos, hacen parte fundamental de un silencioso pacto de intercambio.

 

Aunque las rutinas son diferentes, el contenido es el mismo, la interacción entre los sujetos. En un lenguaje más concreto, son las relaciones sociales de producción, con toda su carga de enajenación y deseo. En tan solo 20 días las rutinas se rompieron y el tiempo de la sociedad se fue llenando de miedo. En el caso de los sectores populares que, en su mayoría, vive del empleo informal y del dinero que puedan conseguir a diario, el aislamiento significa hambre. La rutina los encierra en sus viviendas, en su mayoría de precaria condición, sumiéndolos en la angustia de esperar. Progresivamente van apareciendo diversas formas de resistencia y el rojo se convierte en el color de la dignidad. El 5 de abril, en algunos periódicos del país aparecieron noticias sobre un movimiento de solidaridad y resistencia que se estaba tomando los barrios populares.  

 

En las ventanas fueron apareciendo trapos rojos que señalaban el hambre que las familias estaban experimentando, esta vez por la imposibilidad del movimiento y por todo el conjunto de contra-dicciones acumuladas que hoy nos estallan en la cara. El rojo es la angustia de no poder-hacer, de no poder-ser. El tiempo se resquebrajó, dejó de ser presente y se llenó de la intranquilidad por lo desconocido del futuro y de la imposibilidad de ser. Y como en una novela de Sartre, el infierno empezaron a ser los otros, en el espejo de lo que somos. La violencia intrafamiliar aumentó. Los niños se preguntaron cuándo volverían a la escuela — al final es su único escape —, y las organizaciones comunales aún esperan las ayudas prometidas. Esperar en la ausencia nos lleva al extremo de nuestra condición y nos enfrenta a esa realidad absurda que casi siempre queremos evadir. Finalmente, el ritual se convirtió en un trapo rojo para muchos.    

 

El tiempo como control, despojo y espera 

 

El miedo está repleto de información sobre una muerte invisible pero contundente. En medio de la zozobra y los ejercicios de resistencia, con la pandemia el tiempo se constituye en una tensión que se mueve entre el control, el despojo y la espera. El control pasa por la constante verificación de lo que hacemos. El panóptico ya no se concentra en los trabajos, en las reuniones, en la búsqueda que guía la necesidad del alimento diario — en el mal llamado rebusque. En un apresurado ejercicio de mediatización, los controles suben del sótano de la cotidianidad y la rutina hasta el altillo del “compromiso” y la preocupación — convertida en culpa — por los procesos. En los casos en los que el trabajo esta marcado por la oficina, el colegio, la universidad o la empresa, aparece un sentido de culpa que hace que deseemos ser “útiles”, y para esto intentamos que nada cambie. Con fuerza pretendemos que el tiempo sea el mismo de siempre. Con los mismos ritmos, los mismos sentidos, las mismas intenciones. Pero, cuando el trabajo no está “regulado”, el control se convierte en un monstruo más complejo. Además de la necesidad cotidiana que agobia a la población que debe buscar a diario su comida, con las lógicas del “confinamiento”, el control sobre su movimiento se materializa en la prohibición. En este punto, el tiempo ya no está determinado por el afuera (día, tarde, noche), sino que el tiempo interno (la angustia por la comida) se llena de potencia. — No puedo salir. No puedo comer. Tengo que comer. 

 

El tiempo — que sabemos que pasa — es una constante angustia. Bajo la multiplicación del control, aparece la inquietud del despojo. Aunque paradójico, el despojo aparece con la usurpación de la cotidianidad. Las relaciones fluctúan, los escenarios de sociabilidad fueron clausurados y con ello los roles se trastocan. Este nuevo tiempo acarrea madres, padres, abuelos, tíos y hermanos, desesperados por suplir la función de la escuela, del psicólogo, del administrador, del “disciplinador”. Ahora, además de los ejercicios de cuidado y de trabajo, estamos repletos de tareas y obligaciones propias de impartir un saber para el cual no estamos listos — aquí no estoy hablando de formación ética o de valores. Ahora somos docentes, cuidadores, recreacionistas, activistas, somos todo. Esto ocurre cuando tenemos la posibilidad de quedarnos en el hogar, pero ¿qué pasa cuando nuestro tiempo-necesidad nos exige salir? ¿exponernos al miedo? El despojo pasa por la ruptura salvaje de nuestra cotidianidad convertida en nuevas y más exigen-tes obligaciones — volvemos a la angustia —. Nos despojamos de la capacidad de movimiento. De algún modo, para muchos ciudadanos y pobladores el tiempo es experimentado como movimiento. Así, el despojo produce que el ser de los sujetos se transforme abruptamente y se traduzca en quietud. Sumergirse en la aridez del televisor o en las nuevas rutinas que se dibujan en las ventanas. Y ¿si no tenemos televisor? ¿Si las ventanas no existen? Solo nos queda mirarnos a la cara. Detallar nuestras imperfecciones. Recordar la complejidad de las vidas materializadas en el hastío. La peste nos despoja porque nos recuerda quienes somos sin la precaria necesidad de producir.      

 

Finalmente, la tensión en la que se debate nuestra relación con el tiempo hace que nos movamos como autómatas, guiados por la espera. Esperamos, esperamos y esperamos. Esperamos correos electrónicos, noticias, informes, trabajos, talleres, ensayos, planillas, dinero, ayudas del Estado que puede que nunca lleguen. Nuestro tiempo se descompone y gira hacia la expectativa. Esperamos a que todo acabe, pero mientras esperamos, nos come las ansias por “hacerlo bien” o por olvidar quienes somos. Estamos esperando mientras intentamos hacer nuestro trabajo y cuidarnos, y cuidar a nuestras familias, y ser en medio de la tragedia. El tiempo se desdobla en múltiples horizontes de expectativa, pero, en medio de esta crisis, tenemos pocas oportunidades de reconocer nuestro espacio de experiencia. Ese espacio se hace más pequeño porque se recoge en nuestra intimidad. Así, las preguntas dan vueltas y se estrellan contra las paredes que nos encierran ¿Cómo construimos la espera? ¿Cómo soportar la espera en medio de un mundo que nos enseñó a no esperar? ¿Cómo rehacernos en medio de un tiempo que nos enseñó a ser frenéticos? Dejemos que los gurús de las ciencias sociales nos predigan lo incierto. Nosotros, por el momento, centrémonos en la necesidad concreta. Desde esta perspectiva tenemos que concordar con la realidad, la espera se desbaratará rápidamente si no se asegura lo más elemental que es el alimento. En los sectores periféricos de la sociedad, allá donde el rojo es el espíritu de la realidad, las gentes se arriesgan al virus metidos en protestas y mítines, porque simplemente el tiempo biológico no da espera.

 

 

El tiempo como miedo al futuro

 

Por ultimo, todo este proceso de transformación que, aunque no queramos, nos cambiará a nosotros y al mundo por completo, implica una mutación más silenciosa pero no menos importante. Es una transformación marcada por el miedo. ¿Qué pasará?, ¿cómo cambiará nuestra cotidianidad?, ¿el modelo neoliberal fracasará? ¿cómo serán nuestras nuevas rutinas? ¿cómo se modificarán nuestras formas de sociabilidad y socialización? Cosas tan sencillas como caminar, ir al mercado o tomar un medio de transporte cambiarán. Pero, más allá de proponer una respuesta al futuro, pensemos sobre las características de ese cambio. Inevitablemente, el cambio estará definido por el miedo. Y el tiempo, entonces, no será más que el miedo traducido en nuestra nueva cotidianidad. Una cotidianidad que pasa por no tocarnos, por no hablarnos, por no mirarnos a los ojos, porque en medio tendremos una careta que será nuestra nueva forma de personificarnos. 

 

Generalmente, las discusiones sobre el tiempo, desde Aristóteles, pasando por San Agustín y continuando hasta Ricoeur, están signadas por una aporía. Una oposición difícil de solucionar entre el tiempo interno y el tiempo cósmico. Es decir, entre el tiempo del afuera y el tiempo del adentro. Mi percepción, como lo vengo diciendo, es que con la pandemia esta discusión cobrará un nuevo sentido. El tiempo interno, ese que sentimos y experimentamos pero que no podemos decir qué es, como decía San Agustín, tomará el rol principal. Los historiadores, que nos contentábamos con amarrar los tiempos con nuestra narrativa plagada de “generaciones”, “calendarios” y “periodos”, nos veremos enfrentados, de  la manera más cruda a la lógica del ahora, a la urgencia de “presentificar” el pasado para que cobre sentido. Y con dicha operación, reflexionar, desde el tiempo interno que nos moverá, la figuración imaginativa de nuevos horizontes de sentido. 

 

No obstante, la operación sobre el tiempo deberá responder al miedo como su principal condición. La experiencia del tiempo, indudablemente, estará mediada por el miedo a aquel ente que no podemos ver, pero que sabemos que esta ahí, esperando — él también — el momento de des-cuido. Y en el fondo puede que muchos nos contagiemos, lo superemos y continuemos nuestras vidas, pero quedará una marca en el colectivo que jugará con nuestro tiempo. El tiempo será desgarrado y los acontecimientos, como dijo Benjamín, no serán más que un trauma, un choque irreversible que será nuestra obligación no naturalizar. En ultimas, la crisis nos obligará a hacer otra historia. Una historia que parta de la idea de figurar un pasado que nos impulse en un presente totalmente azaroso. Una historia que asuma el tiempo como un espectro desgarrado por el miedo y la experiencia intima. 

 

Eduard  Moreno Trujillo

Profesor Departamento de Historia 

Bogotá, abril 28 de 2020