Martha Cecilia Cortés H.

Capitalismo y Covid-19

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Un escenario capitalista al límite

 

¿Cómo está el mundo hoy? No podría estar peor”. Comienzo esta reflexión apropiándome de la pregunta y contundente respuesta formulada por Enrique Santos Molano, en uno de sus recientes artículos. El columnista se apoya principalmente en un artículo del analista económico estadounidense Michael T. Snyder, que concluye con la siguiente afirmación apocalíptica: "La verdad es que nos dirigimos hacia un desastre total y completo, y el único debate real es sobre cuánto tiempo tardaremos en llegar allí. Así que disfruta de estos momentos de relativa estabilidad mientras puedas, porque es solo cuestión de tiempo antes de que vayamos al precipicio".

 

Para Snyder, la burbuja del mercado inmobiliario en Estados Unidos de 2008, y la crisis financiera y económica internacional que de esta se derivó, es el precedente de otra burbuja, pero esta, sin antecedentes: “ahora hay otra bomba de relojería: la burbuja de la deuda corporativa”, a la cual  califica como “la más aterradora de la historia”. Apoyándose, entre otros datos para ello, en las astronómicas cifras sobre la deuda corporativa mundial, solo Estados Unidos está tazada en 10 billones de dólares, más 5.5 billones de la deuda de las medianas, pequeñas empresas y famiempresas, las cuales, sumada a la deuda de Europa y de los países asiáticos, africanos y latinoamericanos, puede sobrepasar los 30 billones.

 

Entre las afirmaciones más contundentes sobre este fenómeno, señala también: "Todo el mundo puede ver que se avecina un gran desastre de deuda corporativa, pero nadie parece saber cómo detenerlo". (…) "Toda esta deuda nunca será saldada. En lugar de eso, la burbuja seguirá flotando hasta estallar inevitablemente”.

 

En 2012, el escritor español, L. E. Iñigo Fernández, publicó su amena y rigurosa obra sobre Breve historia de la revolución industrial, la cual han venido leyendo los estudiantes de mi curso durante los últimos años, y en cuyo último capítulo plantea una reflexión sobre la sostenibilidad del crecimiento del capitalismo, que concluye con el siguiente pronóstico: “En todo caso, más pronto o más tarde, esta isla en medio de la vastedad del océano cósmico que es nuestro planeta alcanzará sus límites. Y cuando ese instante llegue, sólo se encontrarán a nuestra disposición dos alternativas: reducir a un tiempo la población y el consumo de la humanidad o, si disponemos ya de la tecnología necesaria, cruzar el espacio, como antes lo hemos hecho con los mares de nuestro planeta, y buscar más allá de su oscuridad la luz que ilumine nuestro destino como especie”.

 

En este capítulo, el autor sintetiza los hechos y los grandes desafíos que desde 1970 sometieron al capitalismo a la siguiente encrucijada: El agotamiento de su modelo de crecimiento; sus cada vez más frecuentes crisis económicas; y la imposibilidad del planeta para proveer los recursos y materias primas que demanda el modelo, llamando de paso la atención sobre la necesidad de un cambio de modelo.

 

Iñigo Fernández se formula también importantes interrogantes sobre la sostenibilidad del capitalismo, y frente al agotamiento de su modelo de crecimiento, advierte sobre una serie de consecuencias que han venido proféticamente manifestándose,  hasta nuestros días, y que, junto con el estudio y análisis de otras fuentes sobre el tema, hicieron exclamar en una de mis clases, cuando estábamos iniciando  en Colombia  la crisis por el Covid-19, a una de las más aplicadas estudiantes que tuve este semestre: “Martha las debilidades y contradicciones que nos  has venido mostrando sobre el capitalismo, nos estallaron en la cara”.

 

Las 21 lecciones para el siglo XXI de Yubal Noah Harari, su más reciente obra, cuya lectura de algunos capítulos entusiasmaron este semestre  a los estudiantes de mi curso, nos expone un escenario presente complejo y prometedor, pero controvertido y peligroso para las libertades humanas, en un momento en que el discurso liberal que, aunque imperfecto, mayores oportunidades le ha brindado al ser humano para ser, se encuentra desgastado y más que nunca supeditado a la dictadura del mercado y a la lucha entre los grandes poderes por el control económico del mundo.

 

Plantea Harari que, “desde la crisis financiera global de 2008, personas de todo el mundo se sienten cada vez más decepcionadas del relato liberal. Los muros y las barras de control de acceso vuelven a estar de moda. La resistencia a la inmigración y a los acuerdos comerciales aumenta. Gobiernos en apariencia democráticos socavan la independencia del sistema judicial, restringen la libertad de prensa y califican de traición cualquier tipo de oposición. Los caudillos de países como Turquía y Rusia experimentan con nuevos tipos de democracia intolerante y dictadura absoluta. Hoy en día son pocos los que declararían de forma confidencial que el Partido Comunista chino se halla en el lado equivocado de la historia”.

 

Nos advierte Harari sobre los riesgos que para las libertades humanas prevén ya los inminentes avances de la inteligencia artificial y las revoluciones que la biotecnología y la infotecnología llevan a cabo por estos días, sobre todo, por el grado de irrelevancia a que podrían llevarnos a la mayoría de los seres humanos, excluidos de la comprensión de las implicaciones de su capacidad de manipulación de nuestro mundo interior, de la cual todavía tampoco son suficientemente conscientes el selecto circulo de ingenieros, científicos y emprendedores que las han creado, y mucho menos los gobiernos. Un panorama que en el estado de inconsciencia que en que nos encontramos todavía, la mayoría de seres humanos, no deja de ser temible.

 

El Covid-19, un episodio dentro 

de la gran crisis

 

En medio de este panorama general del mundo, emerge la crisis de salud pública mundial provocada por un nuevo coronavirus, denominado luego por la OMS, Covid-19, una crisis que con todas las muertes, el miedo, la fragilidad, el pánico mediático y el dolor humano que nos doblega emocionalmente, parece ser solo un episodio más: no ha sido el primero, ni será el último para una sociedad amenazada, convulsionada, sufriente y alienada por el afán de lucro y de poder, la extrema codicia y el egoísmo que nos han sumido en grandes desequilibrios.

 

Creo que el pensamiento de Adam Smith, quien no concibió la economía separada de la moral, no pudo prever el destino final que este iba a tomar, ni mucho menos que aquella riqueza que vislumbró como resultado de la prosecución del interés personal y en el cual confiaba promovería el bienestar de todos, se iba a convertir en los excesos de una sociedad distópica, que su propuesta alcanzaría 200 años después, hasta el punto en lo que se ha convertido hoy, concentrada en manos del 1% de la población mundial y en una fuente de desigualdades entre los seres humanos que alcanza ya una brecha insalvable, la cual hizo creíble, para algunos, una reciente y sonada “fake news”, aunque dramática y desorbitada, atribuida a un editorial del periódico estadounidense Washington Post, del 25 de marzo de 2020: “O muere el capitalismo salvaje o muere la civilización humana”.

 

No podríamos negar que el capitalismo, visto en perspectiva de la larga duración, ha sido, dentro de nuestro dilatado proceso evolutivo, una corta etapa de gran crecimiento material, en la cual, el ser humano ha podido desplegar su potencial de creatividad expresado en una mejora incomparable, a lo largo de su historia, de la calidad de vida, la generación de riqueza, el confort y el conocimiento.

 

Aunque todavía se encuentra restringido para millones de seres humanos, todo este progreso material, conquistas y desarrollo tecnológico que tanto nos enorgullece, y que nos ha conducido al umbral de la conquista del espacio y la develación de algunos misterios del universo, e incluso, a acercarnos, aunque tímidamente todavía, a descubrir realmente quiénes somos y de dónde venimos, resulta amenazado, pues, como también señala Harari, “en el pasado conseguimos el poder para manipular el mundo que nos rodeaba y remodelar el planeta entero, pero debido a que no comprendíamos la complejidad de la ecología global, los cambios que hicimos involuntariamente alteraron todo el sistema ecológico, y ahora nos enfrentamos a un colapso ecológico. En el siglo que viene, la biotecnología y la infotecnología nos proporcionarán el poder de manipular nuestro mundo interior y remodelarnos, pero debido a que no comprendemos la complejidad de nuestra propia mente, los cambios que hagamos podrían alterar nuestro sistema mental hasta tal extremo que también este podría descomponerse”.

 

 

A manera de conclusión: algunas preguntas

Ante el alud de información, generalmente contradictoria, y la desinformación que ha rodeado desde su inicio “la pandemia” por el coronavirus, desde mi punto de vista no cabe más que formularse preguntas y establecer algunas tendencias preocupantes que se derivan, desde el mismo origen del virus, que podría ser natural — si fuera una zoonosis —, o artificial -fabricado en un laboratorio-, tanto como de las contradictorias acciones de la Organización Mundial de la Salud para enfrentarla, la cual ha confundido y confrontado más que iluminado a los mismos médicos y al sector de la salud de los países como a los ciudadanos. De igual forma que ha sucedido con las posturas y acciones de los dirigentes políticos y económicos actuales del mundo que, a mi manera de ver, también resultan muy confusas para mayoría de los habitantes del planeta.

 

Así mismo sucede con las variadas teorías conspiranoicas que ubican la pandemia y su impacto social y político como una oportunidad de los poderes que hoy controlan el mundo, para sacar adelante una agenda en función de instaurar un nuevo orden mundial, en cuyo caso estaríamos protagonizado un ensayo de ingeniería social.

 

Todo lo cual siento que nos coloca en una total incertidumbre, por lo menos, ante el futuro inmediato y mediato, y me lleva a formularme, por ahora, al menos unas pocas preguntas desprendidas del tema que elegí para esta reflexión:

 

¿Será que estamos ante una época de cambios o estamos ante un cambio de época? Todo lo que he escuchado y leído, apunta más hacia lo segundo, pero ¿hacia dónde nos dirigimos? es la pregunta que se formulan los más conscientes de que el mundo post-pandemia no será igual y que seguramente muchas cosas tendrán que cambiar. Sin embargo, por el momento, yo creo que la pandemia no va a cambiar inmediatamente el mundo, sino que va a acelerar las contradicciones, las dificultades y a desbordar los límites de lo que ya estaba pasando a nivel económico, social, político y geopolítico. Es posible que en un horizonte más amplio y despejado podamos empezar a ver la luz al final del túnel.

 

¿Será el COVID-19 un detonador como lo fue la peste negra en su momento? En su etapa más intensa, 1340-1350, en cuyo desenvolvimiento encontramos tremendas similitudes con los momentos de miedo y de confusión que estamos viviendo, la peste negra se reconoce como una época de agudización de graves contradicciones y perturbaciones en la economía feudal, aunque, sus  brotes y rebrotes fueron cosa de varios siglos, pero la realidad  probó que,  en  estos 10 años, se  aceleraron los  grandes cambios, que abrieron paso y dieron forma a las actitudes, la mentalidad, y los procesos económicos, técnicos, sociales y políticos que fueron estableciendo las bases del capitalismo.  

 

¿Será que la humanidad tiene algo que aprender de este azaroso episodio? Muchos escritos sobre la pandemia se preguntan ¿cuál es el mensaje?, y también creo que es posible que sintamos que hay algo o mucho que aprender de tantas alarmas y peligros. Tal como señaló, en una de sus últimas columnas, William Ospina: “En esa pausa de paciencia y de miedo ganan nuevo sentido las meditaciones de Hamlet y los delirios de don Quijote, los consejos de Cristo y las preguntas de Sócrates, los sueños de Scheherezada y la embriaguez de Omar Kayam. Si hay un mundo cansado y enfermo que cruje y se derrumba, tiene que haber un mundo nuevo que se gesta y que nos desafía”.

 

Bogotá, D. C., 12 de junio de 2020

 

Martha Cecilia Cortés Henao

Profesora Catedrática del 

Departamento de Historia