Samuel Vanegas

No hay que buscar el muerto río abajo, pero sí quién lo empujó

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Los análisis y opiniones sobre lo que está ocurriendo con el empleo sobresalen entre la abrumadora avalancha de artículos de prensa, columnas de opinión, conversatorios y seminarios por plataformas digitales que se están ocupando de la pandemia. No sorprende que uno de los focos de atención esté puesto en la preocupación por la pérdida del empleo,— al fin y al cabo, una buena parte de la población depende para vivir de los ingresos provenientes del empleo, pero ante todo del autoempleo —, bien sea en forma directa o indirecta, no tan solo como personas dependientes por sus condiciones sino porque han sido “inactivadas” por el mercado de trabajo. Es importante anotar que en los dos extremos de la estructura económica hay personas que no viven de ingresos provenientes del empleo o el autoempleo: los que pertenecen al 1% del top de la riqueza y una proporción indeterminada de personas que viven en la indigencia en Colombia. Quienes se dedican a la investigación, a la opinión y a la vocería gremial, de todos los matices políticos e ideológicos, han pronosticado que los puestos de trabajo que se están destruyendo y los empleos perdidos debido al confinamiento preventivo obligatorio van a ser de difícil, sino imposible, recuperación.  El deterioro de los indicadores de empleo es alarmante, el pasado 9 de junio la Asociación Colombiana de Estudios del Trabajo emitió un comunicado, https://www.estudiosdeltrabajo.com/comunicado-002-2020, donde, a propósito de los resultados de la última Gran Encuesta Integrada de Hogares, señala que el país está entrando en la peor crisis laboral desde que se llevan registros estadísticos sobre la situación del empleo en Colombia. Frente a esta situación la respuesta generalizada es que se requieren estrategias y acciones para la protección del empleo. Trabajadores, empresarios, funcionarios estatales y gubernamentales, opinadores y académicos manifiestan su preocupación por el deterioro de la situación del empleo porque, unos más que otros, señalan que esto generará más desigualdad. Para quienes tienen una mirada crítica de la realidad social, la pandemia del covid 19 desnuda y agudiza la sostenida desigualdad creciente que se presenta en el mundo entero desde finales de la década de 1980.

 

¿Cómo es que las ya insostenibles condiciones de desigualdad se agudizarían con el deterioro de la situación del empleo? La tesis, en principio, es sencilla: el principal indicador que se tiene para medir desigualdad es el de nivel de ingresos y, si la mayoría de las personas vivimos del empleo, cualquier deterioro en este significa un impacto negativo directo en los ingresos de quienes se vean afectados, por tanto, se deterioran las condiciones de desigualdad. No obstante, para economistas ortodoxos, esta tesis no es sencilla, es simple y hasta simplona, porque la crisis afecta no solo los ingresos de quienes trabajan sino también a los empresarios, y más aún, impacta los ingresos de todos.  Esto se podrá admitir en una perspectiva que supone el libre mercado, antropocéntrica por demás, donde la pandemia bien podría catalogarse, siguiendo a Nassim Nicholas Taleb, como un claro ejemplo de Cisne Negro, rara, de impacto extremo y predecible retrospectivamente; y que llegó y sorprendió a todo el mundo por igual. Los tozudos defensores del libre mercado bien podrían hablar de un juego que tiende a ser de suma cero en el que todos pierden. No obstante, son tan evidentes las consecuencias desiguales para grandes contingentes de población que quienes defienden el libre juego del mercado están hablando desde “ajustes transitorios” para mitigar los efectos de la pandemia hasta dejar actuar “libremente” las fuerzas del mercado y de la naturaleza para que se pueda volver a la “normalidad” y no se sigan deteriorando las condiciones de vida de los que, de manera eufemística, se llaman los más vulnerables. Los impactos diferenciales no se pueden enfrentar con medidas de ajuste para volver a la “normalidad”, ni siquiera con las más solidarias e incluyentes como la renta básica de emergencia que no ha despertado mayor animadversión, aunque sí ha sido eludida. Aunque todos nos veamos afectados por la pandemia y hasta los bancos estén perdiendo, como decía la directora del departamento de economía de una prestigiosa universidad bogotana, es indudable que el juego no tiende a ser de suma cero y que los mayormente perjudicados van, o vamos a ser, los «sospechosos de siempre», quienes vivimos de un empleo o de un autoempleo. Esto es lo “normal” que está ocurriendo como tendencia sostenida, en todo el mundo, desde la década de 1980, un creciente debilitamiento del trabajo como fuente de ingresos. 

 

En medio de la pandemia lo dramático para quienes vivimos del ingreso generado por el empleo o el autoempleo es que llegamos como perdedores. Traigamos algunos datos a colación. En uno de sus documentos periódicos el Fondo Monetario Internacional, institución más allá de toda duda de sospechosas y malignas ideologías, indicaba que desde la década de 1980 se venía presentando una continua pérdida de la participación del trabajo en la riqueza nacional en los países de renta alta y renta media. Dicho de forma más sencilla, en 1990 en Colombia, país de renta media, por cada 100 pesos de la riqueza nacional los salarios participaban con 41 pesos y 59 eran provenientes de otras fuentes (rendimientos de capital, rentas…). Para 2009 la participación de los salarios baja a 36 y para 2018 a 35 pesos por cada 100 de riqueza. Esto no quiere decir simplemente que se cumpla la profecía marxista, un aumento sostenido de la plusvalía en desmedro de los salarios. En parte es esto. Por ahí hay datos que lo dimensionan y propuestas para afrontarlo. Por ejemplo, los multimillonarios Bill Gates y Elon Musk propusieron que ante el incremento de la robotización se cobrara un impuesto a los robots como compensación a la pérdida de los empleos. Los análisis de los economistas han mostrado que esto en el mediano plazo no termina significando un gran aporte. Lo que está evidenciando la pérdida de participación de los salarios en la riqueza, además de su retroceso frente a la plusvalía, es una profunda segmentación de los mercados de trabajo y un cambio en los circuitos de generación de riqueza. 

 

La segmentación de los mercados de trabajo puede trazarse con distintas líneas que convergen y terminan formando una población atrapada en compartimento estancos. Las líneas más fuertes de segmentación de lado de la oferta de trabajo son el género y la etnia; de lado de la demanda el sector, según formalidad/informalidad, y el tamaño de la unidad productiva. Así, por ejemplo, en Colombia se puede encontrar compartimientos estancos donde, en un lado, pueden estar mujeres afro y autoempleadas en la informalidad, y en otro lado, están mujeres sin autoadscripción étnica en empleo formal. Sí se comparan estos dos compartimientos estancos se pueden apostar un par de probabilidades: primera, es altamente probable que las mujeres afro y autoempleadas tengan ingresos laborales muy inferiores a las mujeres sin autoadscripción étnica y con empleo formal; segunda, la probabilidad que la mujer afro consiga un empleo formal es baja, pero es altamente probable que la mujer sin auto adscripción étnica pase de la formalidad a la informalidad, por ejemplo, cuando vaya envejeciendo y no consiga trabajo como vendedora de gran superficie o impulsadora. El 47% del empleo es informal, en los cálculos más conservadores, pues hay quienes hablan del 67%. Por el lado de la demanda, en Colombia, y en América Latina en general, la inmensa mayoría de las unidades productivas (99,4%) son micro (menos de 10 trabajadores) y pequeñas (de 11 a 50 trabajadores). En el juego de probabilidades que una persona comience su vida laboral en una micro o pequeña empresa significa que sus posibilidades de conseguir en su trayectoria laboral un empleo en una empresa mediana o grande son limitadas. Los empleos mejor remunerados, por su puesto, los ofrecen empresas medianas y grandes que son la minoría y son las que menos empleo generan. Un mercado de trabajo segmentado quiere decir que se cumple una constante: es poco probable que quien arranca su vida laboral en un segmento definido de trabajo pueda saltar en algún momento de su trayectoria laboral a un segmento del mercado de trabajo que ofrezca mejores condiciones de empleo. El deterioro de los ingresos va de la mano de la pandemia recorriendo en orden los segmentos del mercado de trabajo, dando saltos desde los más precarios hacia los de mejores condiciones, pero se va a demorar un buen tiempo, y quizás no lo haga, en afectar de manera importante a quienes no viven del trabajo. El 12 de junio salió un reporte de una firma que hace seguimiento a la economía del país en el que se decía que durante el mes de abril había subido el consumo de los hogares; ese consumo bien pudo haber sido realizado, en mayor parte, en las grandes superficies que son empresas grandes y que pertenecen a conglomerados cuya riqueza no necesariamente proviene de la plusvalía directa que les arranca a sus trabajadores. 

 

El cambio de los circuitos de generación de la riqueza tiene que ver con que, desde la década de 1990, como parte de la pérdida de participación del trabajo en la riqueza nacional, el mayor volumen de la riqueza se genera es en el “movimiento de capitales”. Los CEO de las grandes compañías y conglomerados no orientan su gestión al incremento de la productividad del trabajo, como vía de sostener y aumentar la rentabilidad, sino a buscar las mejores estrategias que les permitan entregar réditos a los accionistas. En esta búsqueda se puede recurrir a la robotización sin contemplaciones, pero también, a la simple especulación financiera y, no en pocas ocasiones, a «barones ladrones», individuos que, mediante trucos y triquiñuelas legales, ilegales y hasta criminales mueven ingentes volúmenes de capital que terminan monopolizando segmentos de mercado sin haber invertido trabajo de base en las compañías que terminan acaparando. Se puede recordar a Martin Shkreli, un joven CEO hoy convicto, que se hizo famoso por incrementar a través de trampas el precio de un medicamento contra el sida en 5000%. Shkreli hoy está preso, pero por ahí andan unos cuantos más como él. 

 

Pequeña recapitulación. El principal indicador para dimensionar la desigualdad son los ingresos que, en principio, se supone provienen del empleo. La situación: el empleo ha venido perdiendo participación en la generación de riqueza; los mayores volúmenes de riqueza no se están generando hoy en la relación directa capital–trabajo. Los niveles de desempleo venían creciendo desde antes de la pandemia y para Colombia el ministro de hacienda, hace unos meses, decía que no tenía explicación para ese incremento. Y si no la tiene un ministro, que sus amigos califican de genio, mucho menos un profesor de sociología. Apostemos a algo con un par de preguntas para cerrar. ¿Será que podemos seguir cifrando las esperanzas en la protección del empleo tal como está hoy? ¿Qué tantas posibilidades hay de que, muy hipotéticamente hablando, aumentando el empleo se mejoren los ingresos? ¿Cuál sería la probabilidad que haciendo una redistribución de la riqueza se mejorara la distribución de los ingresos?

 

Proteger el empleo tal como está, con todas sus falencias, es un derecho; pero esto no contribuye a disminuir la desigualdad, a lo sumo, a que no se incremente. El aumento de los ingresos provenientes de un aumento del empleo en las actuales condiciones queda atrapado en las largas cadenas que unen a los circuitos de generación de riqueza. Para un indicio hay que echar un vistazo a los extractos de tarjetas de crédito de quienes tienen mayores salarios. Una redistribución de la riqueza, si permanecen los mecanismos de generación de la riqueza, no mejora la distribución de los ingresos; antes, por lo contrario, podrían reforzar la concentración. Algunos de los más ricos del mundo piden que les cobren más impuestos, más riqueza circulando genera más riqueza para quienes son los más ricos.

 

El ahogado está río abajo, una inmensa cantidad de población en las escalas más bajas de ingreso, pero no llegaron hasta ahí porque tengan menos ingresos, sino porque las condiciones en las que está organizado el trabajo en la actualidad no le permite a la gran mayoría de la población disputar el poder económico desde formas de organización que tengan como propósito central una vida digna. 

¿Cómo disputar el poder económico? En los últimos meses ha saltado al escenario de la opinión pública mundial el filósofo coreano Byun Chul Han, que en un libro publicado en español este año titulado La desaparición de los rituales. Una topología del presente llama la atención sobre la necesidad de recuperar la comunidad como una forma de afrontar la destrucción de la durabilidad de la vida que se vive en el desenfrenado consumismo. Recuerdo a este filósofo coreano no porque simplemente esté de moda, sino porque lo que dice de restaurar la comunidad es algo que se puede palpar en distintos escenarios, más allá de las discusiones intelectuales. Asistimos hoy a expresiones de diferentes matices e intencionalidades que dan indicios muy fuertes de que entre las alternativas para afrontar la desigualdad esta el fortalecimiento de grupos comunitarios que, a través de formas organizadas de trabajo, escalen desde lo local a lo global para así disputar el poder económico a cazadores de rentas que también operan desde lo local hacia lo global. El dilema de más o menos Estado para regular la economía es un sofisma de distracción, se trata más bien de generar las condiciones para que la inmensa mayoría de la población que hoy no tiene posibilidades de disfrutar y participar en el direccionamiento de lo que hemos logrado como especie lo pueda hacer. Frente a este desafío la institución universitaria tiene uno mayor, y un importante papel que cumplir. Quienes estamos en las universidades tenemos la responsabilidad de encontrar rutas para que el conocimiento se convierta en movilizador de inclusión y no de monopolios como tiende a ser, contribuyendo a repotenciar el trabajo en comunidades locales. La fórmula ya está inventada: el triángulo Universidad–Comunidad–Estado. Ya habrá ocasión de ampliar las ideas aquí expuestas. 

Samuel Vanegas

Profesor del Departamento de Sociología

Junio 12 de 2020