Vladimir Caraballo Acuña 

Apariciones de la cuarentena

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Este es el canto de un pájaro un atardecer de los últimos días de abril de 2020. Es decir, es el canto de un pájaro en medio de la cuarentena que ha confinado a buena parte de la especie humana. Es el canto de un pájaro en un momento en el que la especie humana ha pensado, como hacía mucho no ocurría, en la extinción; no solo en la suya, sino en la extinción como fenómeno, en la extinción como posibilidad, como parte de la vida. En estas páginas quiero pensar las extinciones desde las apariciones. Aquí el canto del pájaro: 

 

Las apariciones son suposiciones. Al pájaro lo grabé desde la ventana de mi apartamento. Oí su sonido mientras veía una película con mi hijo. Silencié el televisor y ahí estaba: un canto nítido, fuerte y agudo. Decidí salir corriendo de la habitación e ir al estudio por mi grabadora, asomar medio cuerpo por la ventana y grabarlo. Es un canto en pequeñas dosis, cortas y complejas. A veces parecen ecos o resonancias; a veces vibraciones repetitivas. Nunca antes lo había escuchado y, créanme, he aprendido a prestar una cuidadosa atención a los sonidos de los pájaros que rodean mi casa. Por supuesto, al pájaro no lo veía; sólo lo escuchaba. No lo vi, digo, pero supuse que estaba en un árbol cercano; al árbol, valga la aclaración, tampoco lo podía ver. Por decirlo de otra manera, la presencia del pájaro que había decidido aparecerse por estos lugares confinados, sólo podía ser supuesta por mí; su presencia sólo podía ser deducida gracias a ecos y repeticiones.

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Las apariciones son espectrales. Esta es una aparición del nevado del Tolima. Se le apareció a un fotógrafo en Bogotá. El día era 7 de abril de 2020 y el fotógrafo era Inaldo Pérez. Es decir, nuevamente, era una aparición en medio del confinamiento, en medio de la posibilidad de pensar en las extinciones.

No es del todo justo decir que es una aparición porque ésta, a diferencia del canto del pájaro, fue buscada por el fotógrafo… y una aparición no se busca; una aparición simplemente acontece, como una chispa, como un relumbramiento inesperado, inesperable. Las apariciones no pueden ser planeadas ni ser integradas en proyectos o planes; al contrario, son interrupciones, interrupciones de relatos lineales de progreso; son formas de suspenso, formas de la suspensión. Las apariciones son potencialidad infinita, estados en donde todo es siempre posible.

Pero, a pesar de ello, la aparición del nevado resguarda algo central de cualquier aparición: su espectralidad. Parece un espectro. La espectralidad es una forma de habitar sin estar, de estar y no estar al mismo tiempo, de ausencia y de presencia, de ninguna de las dos y de las dos a la vez. Inaldo Pérez, el fotógrafo, fue, de hecho, acusado de haber falsificado la imagen usando Photoshop; el nevado, insinuaron algunas personas –quizá demasiado comprometidas con la fijación de las cosas, con las esencias, con las ubicaciones y definiciones– no estaba ahí en realidad sino en otro lugar virtual del cual fue removido subrepticiamente para ser ubicado en esta imagen, en otro lugar y en otro tiempo. Para demostrar que el nevado había estado frente a sus ojos y que entonces la fotografía era un ícono de ese encuentro, Pérez presentó una fotografía de la sincronía: una imagen tomada por un amigo suyo en la que se ve al mismo Pérez fotografiando al nevado. Duda resuelta: el nevado sí estaba ahí. ¡Habemus acontecimiento!

 

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Las apariciones son acontecimientos. Acontecimientos en los que “algo” se deja ver causando sorpresa, admiración u otro movimiento del ánimo (RAE). Las apariciones son, entonces, sincronías y asincronías, encuentros y desencuentros. La vida es la articulación de (a)sincronías; y las extinciones son transformaciones en las (a)sincronías que sostenían vidas y muertes previas. Las extinciones, también, son nuevas sincronías; están constituidas de primeras veces; están formadas, también, por acontecimientos, por apariciones. Los acontecimientos de las extinciones son encuentros inesperados, sorpresivos; son chispas excesivas, exuberantes, rebosantes de significados pero carentes de definición, carentes de bordes, de esencias. Las apariciones de las extinciones son como poemas. Son la sensación de que “algo”, no se sabe bien qué, está ocurriendo.

Hace unas semanas a Monserrat Hernández se le apareció, lo que parece ser, un cóndor andino. Grabó la aparición en el centro de Quito. A la imagen en movimiento la acompañan sus palabras; un emotivo poema que transcribo:

 

Increíble lo que está pasando.

Aquí, en Quito, en la torre…

está un cóndor.

Un cóndor

andino

en Quito.  

¡Qué espectáculo!

¡Qué espectáculo!

¡Gracias por visitarnos!

 

¡Un cóndor en Quito! ¡Qué lujo!

¡Qué lujo!

¿De dónde viniste? ¿[…]? ¿Del Cayambe?

¡Gracias por venir a visitarnos en Quito!

 

Ahora abre las alas

… no te vayas todavía…

… no te vayas todavía.

¡Un cóndor en Quito!

Se fue, se fue,

  se fueeeee.

Inusual, que en una ciudad con tanto tráfico que venga un cóndor a la plena ciudad de Quito. Y esto es el pleno centro. Y es por el hecho de que no hay ruido en la ciudad. No hay ruido. Y este cóndor que está sobrevolando acá… en las lejanías… este cóndor estuvo aquí, posado y descansando en la terraza donde vive mi madre.

Qué regalo para maravilloso.

¡Gracias Quito!

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Las apariciones son dones. Dones puros: no regalos en el sentido de una obligación de recibir y de devolver, sino regalos hechos por nadie, indeterminados, que no son regidos por reglas, que no tienen origen, que deben parecer sorpresivos, inesperados, fulgurantes. Nadie los espera y nadie los da. Monserrat da las gracias por “algo” que le ha sido dado: le da las gracias al cóndor, le da las gracias a Quito, a la falta de ruido. ¿Qué es lo que le ha sido dado a Monserrat? No es el cóndor, por supuesto. Su entusiasmo nos permite pensar que ni siquiera ella lo sabe bien. Lo que es dado a Monserrat, a mí, a Inaldo, a todos a quienes hemos visto apariciones durante las cuarentenas (es decir, a todos los seres humanos), es una sincronía inesperada, es la chispa, el fulgor, lo inesperado, lo indeterminado… la aparición misma. La sincronía es poética, no planeada, no definida sino… espectacular.

 

 

***

Las apariciones, se sabe, deben ser conjuradas. Deben serlo porque interrumpen, porque incomodan, porque no permiten los bordes ni las esencias. Conjurarlas es la manera como se extingue su indeterminación, su indefinición. En el caso del cóndor, como en el caso del nevado del Tolima, la aparición debe ser conjurada. Dicen en redes: “Jajjaaj! ‘Gracias por visitarnos’. Siendo yo español, sé que busca carroña y ella siendo ecuatoriana no sabe qué busca un Cóndor?”. “Señora deje las drogas por favor”. “Eso no es un cóndor, es un gallinazo, jaja”. “La afectó la cuarentena”.

No sabemos si es un cóndor o un gallinazo. Es lo que menos importa. No hay identidades fijas, no hay esencias, nada claramente bordado ni limitado en las apariciones, en los espectros de las extinciones, en las nuevas sincronías. Hay otra cosa. No “otra” porque sea “otra” en una lógica dialéctica; no es “otra” cosa en el sentido de “resistencia” o de negación. Es un “algo” en sí mismo, exuberante, relampagueante, desbordado. Un algo afectivo no reducible a la lógica de la representación. Nada de oposiciones binarias rige el mundo de las apariciones. Más bien, es lo que ocurre en medio, lo que se nombra y no se nombra, que solo puede ser insinuado, que no es cierto ni falso sino las dos cosas al mismo tiempo. Las apariciones y las sincronías son siempre interrupciones; no porque sean transiciones entre una cosa y otra sino porque fundan la apertura permanente, porque abren el tiempo, porque acontecen.

 

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Una mujer está saliendo de su edificio en un sector exclusivo del centro de Bogotá. Un lugar, como me dijera alguien, de delicada sofisticación intelectual. La mujer cruza un par de palabras con el vigilante y, casi abriendo la puerta, escucha el que parece ser el pregón de un hombre en la calle. Se asoma un poco temerosa por el ventanal del edificio y lo ve: un hombre corpulento que camina despacio, con la cabeza erguida y orientada hacia el edificio de la mujer. Ha dispuesto sus manos alrededor de la boca construyendo una pequeña infraestructura que permite que su voz viaje más lejos y más claramente; que permite que su voz aparezca ante los oídos de los habitantes del sector. Porque, además, las apariciones son fenómenos infraestructurales. El hombre grita que él y su familia tienen hambre, que van a morir de hambre. Pero no lo hace para rogar que lo ayuden. Al contrario, lo que dice luego es otra cosa. Dice algo así como “nosotros no tenemos nada y a ustedes les sobra. Tienen la obligación de ayudarnos”. Lo que dice y el tono en el que lo dice hace que la mujer comience a sentir temor. Cuando le pedí a ella que me relatara lo que había sentido para integrarlo en un texto que escribía sobre las apariciones en la cuarentena, me dijo que justo había sido eso: una aparición. El hombre, su voz, su tono, su contextura, las cerca de 7 personas que lo acompañaban (y que, la mujer suponía, eran su familia), los oídos de la mujer, el edificio, el silencio de las calles, las manos del hombre… todo constituía un acontecimiento acotado pero explosivo, asombroso, es decir, entre la sombra y la luz. Un acontecimiento no pedido, no invocado, excesivo, inaprensible. Exuberante. Temor. Incertidumbre. Una sincronía aterradora. Del lado del edificio: un silencio igual de absoluto, exuberante y excesivo.

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Ahora veo a mis vecinos de enfrente. También ellos se me aparecen detrás de sus velos o en las sombras del interior de sus apartamentos. También mi familia se le aparece a ellos insinuada entre las persianas. Los adivino haciendo ejercicios o sentados en la mesa comiendo. Los veo aseando. Los veo tomando el sol en las ventanas. También los escucho. Escucho los golpes de sus pies mientras corren en el piso de arriba. Hacen ruidos que, luego de semanas, sigo sin saber a qué actividad corresponden. Huelo el humo del cigarrillo que sube por las ventanas o las rendijas de ventilación; también huelo el olor de sus comidas y puedo adivinar, algunas veces, de qué alimentos se trata. Hemos comenzado a aparecernos los unos a los otros. Pocas veces de manera nítida; la mayor parte, como espectros.

***

Chiste 1: “Debido a la disminución de la contaminación del aire ahora podemos ver al fantasma del comunismo recorriendo a Europa”.

Chiste 2: “Por mejoras en la calidad del aire, ahora se pueden ver en el cielo los meridianos y los paralelos del planeta”.

***

Quizá el llamado de estos momentos de confinamiento y extinción no sea a pensar las apariciones. Las apariciones son misteriosas y, por definición, los misterios no pueden ser pensados. En su lugar, de lo que se trata, quizás, sólo quizás, es de una suerte de pensamiento aparecido, de pensamiento espectral. Un pensamiento que no piense los nuevos encuentros y desencuentros, que no los piense desde afuera sino que provenga de ellos, que provenga de las apariciones y sea como ellas. Que posea su indeterminación, que sea un pensamiento hecho de interrupción, de apertura ontológica permanente. Las definiciones, la detención, son dispositivos de extinción. Un pensamiento distinto, un pensamiento lejano a las oposiciones binarias que nos tienen donde estamos; un pensamiento lejano, por ejemplo, a las oposiciones con las que suelen leerse las recientes apariciones de la fauna silvestre en las ciudades: “la revancha de la naturaleza”, “la naturaleza reclama el territorio”, “los animales avanzan y el ser humano retrocede”. Un pensamiento espectral sería, en este sentido, un pensamiento anti-extinción. Las apariciones están y no están al mismo tiempo, no son falsas ni verdaderas, no hacen parte de proyectos ni de planes, no son de nadie ni para nadie. Un pensamiento aparición. Es eso quizá lo que podemos aprender en momentos de extinción y cuarentenas.

Vladimir Caraballo Acuña

Profesor Departamento de Antropología

Bogotá, mayo 4 de 2020

 

Bibliografía

Real Academia Española de la Lengua (2014). Aparecer. Recuperado el 18 de abril de 2020, de https://dle.rae.es/

Anna Tsing, Heather Swanson, Elaine Gan, Nils Bubandt (Eds.) (2017). Arts of Living on a Damaged Planet. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Deborah Bird Rose, Thom Van Dooren y  Matthew Chrulew (Eds.) (2017). Extinction Studies. Stories of Time, Death, and Generations. Nueva York: Columbia University Press.

Diario El Mercurio. “‘Exaltada de alegría’” Montserrat Hernández comparte imágenes inéditas de un cóndor andino que visitó Quito. En palabras de Monserrat, la visita se debería al escaso ruido en la ciudad debido a la cuarentena por el Covid-19. Twitter. https://twitter.com/mercurioec/status/1244390550574333952

Diego Cagüeñas (2019). Historia como fantologia: Vida onírica, cantos mortuorios y el deber para con los espectros en Bojayá, Chocó. Philosophical Readings, 11(3), 176–182.

Jacques Derrida (1991). Dar (el) tiempo. Barcelona: Paidós.

Jacques Derrida (1995). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Madrid: Trotta.

James Siegel (2013). False beggars: Marcel Mauss, the gift, and its commentators. Diacritics, 41(2), 60–79.

Kathleen Stewart (2007). Ordinary affects. Durham: Duke University Press.

Nils Bubandt (Ed.). (2018). A Non-secular Anthropocene: Spirits, Specters and Other Nonhumans in a Time of Environmental Change (Vol. 3). Aarhus.

Varios autores: Coronavirus, murciélagos y una conspiración perfecta. En elespectador.com. Recuperado el 2 de mayo de 2020. Disponible en: https://www.elespectador.com/coronavirus/coronavirus-murcielagos-y-una-conspiracion-perfecta-articulo-917545.